Viajes en tiempo de crónica (by LCDD)

Por: Cecilia Portella Morote

 

En las siguientes líneas, he decidido escribir una breve crónica, para definir lo que mi corazón viajero, casi nómade, ha estado sintiendo durante estos últimos 4 años. Sé que he experimentado muy poco aún, y que lo mejor está por venir… sin embargo, viajar y escribir es lo que da sentido a mi vida, en estos últimos tiempos. Cada lugar visitado logró conquistar mi alma.

En Cuba, la hermosa isla caribeña disfruté de sus playas, releí su historia, casi acompañada de otras banderas de la América hispana y de la misma Madre Patria, pues tuve el privilegio de conocer gente y costumbres que enriquecieron mi visión del mundo desde una perspectiva nueva, totalmente diferente hasta ese momento.

Cuenca y Guayaquil en Ecuador, me permitieron vivir experiencias extremas que no había saboreado antes. En la Isla Margarita, en Venezuela, pude disfrutar de un lugar celestial, con hermosas playas, clima perfecto y la intensidad y calidez de un lugar adecuado para la diversión.

En mi país, Perú, hay mucho que contar. Desde la sobriedad de sus ciudades coloniales hasta las montañas más distantes. Playas y ríos que muestran la riqueza de los pueblos ancestrales y una selva productiva y verde, que es el pulmón del planeta.

Si tuviera que mencionar solo algunas de mis experiencias. Elijo hoy, aquella en las alturas de Cuenca, en Ecuador, donde en un lugar maravilloso, escondido entre el verdor de sus montañas y el silencio de la noche, participé en una cabalgata nocturna. Monta Runa es el nombre de aquel mágico paraje.

Montada en un caballo, me dejé llevar, con el miedo que estaba cediendo y la adrenalina que comenzaba a fluir. La noche, el escenario perfecto para la aventura, que me permitía descubrir la negrura de mis temores ante un universo que se abría entre una luna brillante y estrellas esperanzadoras que delineaban un camino angosto.

Killa, el nombre quechua de la yegua que me guiaba, se convirtió en mi timón. Simplemente me dejé guiar, con la naturalidad de una aprendiz. La noche me hizo sentir inmensamente pequeña, mientras cada célula de mi cuerpo dictaba la emoción a la sangre que fluía dentro de mí. Sentí miedo, lo admito, pero también sentí una gran satisfacción al final del camino, sinuoso; en el que ciegamente me dejé guiar por el instinto liberador de un animal.

Quiero dejar estas líneas finales para hablar sobre mi ciudad, en la que no tengo que viajar grandes distancias, pero es la que me lleva de un lugar a otro con diferentes emociones. Cruzar la capital de Lima nos puede llevar casi tres horas en el camino. Es un camino largo y totalmente heterogéneo. Habla de historia en el centro, de música y arte, en algunos de sus barrios, de la colonia y del virreinato, escenarios hispanos que se han registrado en pasillos, balcones y azulejos. Lima de iglesias y tradiciones. Lima de una sabrosa propuesta gastronómica, que día tras día deleita los paladares, nuestros y extranjeros. Una Lima que va y viene, incesante, creciente, que hierve con sus propios problemas, pero que se regocija en la calidez de su gente, a pesar del cielo gris que la cubre. Lima mestiza e indígena, esta es mi ciudad, mi ciudad galopante.

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